¿Qué suceso de tu vida ocurrirá irremediablemente? Hay personas que nunca lloraron, las hay que jamás rieron, las hay que no conocieron el amor, incluso las que no soñaron ni hablaron. Sin embargo, todas las vidas de este planeta si experimentaron la muerte como único e intangible final.
Nacemos con el propósito de servirle a la vida, somos los esclavos de nuestro propio destino, pues paso que demos, sea adelante, hacia atrás o en falso, será otra pieza del puzzle que le añadiremos a nuestro destino. Ese destino puede ser tan corto como el suspiro de un recién nacido, cuya sorpresa al salir del vientre de quién era su sustento biológico, decide detener su corazón por motivos que aún no llega a solventar la medicina. Por eso han existido seres humanos que no lloraron, no rieron, no conocieron el amor e incluso no pudieron soñar. Aún así, ese recién nacido si experimentó la muerte. Quizás no tuviera conciencia o el hecho de haberla “vivido” (la muerte) le hace más coherente con aquel suceso que todos tememos. Podremos pasar doscientas mil crisis económicas, sociales, guerras, penurias, pandemias, epidemias,… que a lo largo de nuestra existencia, todos tendremos en común una ansiedad hacia el término de la muerte. Pero, ¿qué es la muerte? ¿Realmente tenemos que temer el final de la vida?
La muerte se define como el fin de la vida, una fase terminal de la misma, que consiste en la extinción del equilibrio homeostático. Aunque parezca claro lo que es la muerte, aún no sabemos cuando se cruza el umbral de la vida hacia la muerte. No está claro a nivel neurofisiológico, ni médico cuando dejamos de ser una perfecta máquina de engranaje celular, pues aún siendo fiambres, nuestro cuerpo sigue con su metabolismo celular. Aún así, aunque definiéramos algún día cuando morimos, ¿realmente habremos muerto? ¿A dónde vamos? ¿A la nada? Excluyendo a la teología, cuyos principios son tan difusos como la buena conciencia del gobernante, basémonos en la buena moral, en la ética ideal del ser humano. ¿Por qué y para qué vivimos? Si logramos definir el fin de nuestra existencia, borraríamos a la muerte de la lista de temores racionales, nos reiríamos de ella sin llegar a burlarnos.
Nuestro destino en este mundo tiene un objeto, un fin. No es otra cosa que hacer crecer a nuestra especie, procrear y hacer perdurar nuestra memoria a través de los recuerdos que fluyen por los canales neuronales de nuestros hijos, nietos,… No se muere tranquilo hasta que plantes un árbol, escribas un libro y tengas un hijo/a. No vivimos para nosotros, vivimos para el futuro, vivimos para y por nuestra especie. El don de estar vivo, no es un regalo para ti, es un privilegio de los que vendrán después, pues de ti depende que tengamos un futuro. No moriremos nunca si habremos hecho las cosas bien y con bien me refiero, hacerlas para los demás. Tememos a la muerte porque somos egoístas y los que no lo son, es que no comprenden la vida. No ignoramos la muerte, pues la conocemos todo lo bien que queremos, lo que no entendemos es a la vida, pues si la comprendiéramos en todo su esplendor, ya no sólo teóricamente, sino en la práctica, no tendríamos sinagogas, mezquitas, iglesias… Pasaríamos de tener una semana de “Happy easter” a celebrar cada día un “Happy life”. Crecer, madurar, aprender, cosechar, enseñar, escuchar… grandes verbos que quedan saciables en un libro de literatura de bachillerato, cuyo significado más literario no rebasa la barrera del papel y tinta, pues son pocos los que comprenden tal majestuoso poder que entraña la mente conjugado con las manos del ser humano.
El que muere es aquel que no ha hecho nada para marcar huella en la vida de los demás. Una huella que se incruste en la sabiduría y confort del aprendizaje de la herencia inmediata. El que vive eternamente será aquel que nos enseñe a vivir con su recuerdo, gran antídoto contra la muerte, pues es en el recuerdo de los demás, donde seguiremos viviendo, donde seguiremos amando, llorando, riendo y enseñando. Ya sabes, deja huella. ¿Cómo? No es difícil, regala una sonrisa a quién esté triste, si te sobra un par de zapatos, regala a quién los necesite. El compartir con el necesitado es el camino más honorable y sencillo de ser eternamente recordado y, de dejar de ser necesitado, pues muchas veces necesita más el que más posee, pues su alma se sustenta de banalidades.
La diferencia entre la vida y la muerte no es en la forma, sino en el recuerdo que ejerceremos sobre los demás. Si en alguien debes de creer es en ti y el poder de cambiar el futuro. Depende de ti, que te acojan o no después de la muerte física, en el subconsciente de los que dejaste.




Es mi argumento para no celebrar la Semana Santa como vende la Iglesia católica. No porque no sea creyente, sino porque me repugna ver que en esta semana, la Iglesia invita a comer si pagas la comida. Me repugna ver a un papa con un bastón de oro, me repugna ver como han transgredido el mensaje de la Teología cristiana, como les damos 10.000.000.000 de las antiguas pesetas, al año para que puedan “mantenerse”. No estoy en contra de la religión católica, estoy en contra de un sistema fascista y de una Iglesia que malogra el mensaje del primer socialista que existió y se manifestó.
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