Son las cinco de la tarde de un día despejado de marzo. El preludio de la primavera asoma a mi ventana. Un radiante cielo azul que llena de tranquilidad el alboroto diario me acoge en su seno, dándome calor con el sol como estufa.
La tierra que piso es guerra, es intranquilidad, es manifiesto de un adolescente hormonado, es el grito de una madre desolada, es el rugir de un motor sin ruedas, es el galope de una yegua castigada. Sin Fausto por asomo en las puertas de la casa del demonio, observo que todos los eruditos andamos el mismo presagio de aquel clásico alemán. Porque todos los que intentamos ser conscientes de lo que el mundo acontece, queremos volar a una realidad paralela, queremos cambiar lo ilógico por lo racional, lo inhumano por lo trascendental. No existen oratorios que nos guíen, no hay cabinas donde desahogarnos. Sólo la caja tonta (cada vez más plana como el electrocardiograma de una sociedad muerta) nos manipula, nos engaña constantemente.
Me refugio en la lectura del desastre acontecido, me camuflo entre fotogramas de una película que es premiada por recordar una vida pasada, más gloriosa que el presente irreverente. Con tanto maldecir contemplo la evolución más suprema del ser humano. En su momento, el mayor logro fue hacerse erguido y juntar el pulgar con sus cuatro hermanos; ahora, evolucionamos con el pensar del volar. Mientras escribo, mi espaldar vibra, mi espalda se ensancha y siento el crujir de mis vértebras contra mis costillas. La piel se resquebraja allá donde la espalda nace, en lo alto de los hombros, justo por debajo del dios Atlas. Al no poder contemplar lo sucedido ahí donde mi vista no logra alcanzar, mi proyectista sombra me informa, algo crece donde antes sólo había carne erguida. Por momentos pienso que me fracturo en dos partes; una la sociable y luchadora, que quiere coger un puñado de la tierra que ando, para poder discernir con ella entre mis dedos como aquel gladiador que desafió a un imperio; la otra parte es la introspección de la huída, la asimilación de lo inevitable, que el mundo es cruel por naturaleza, y la única manera de evitar su francisca pesada y manchada de sangre por las víctimas de la revolución social, es obligándote a volar sin alas de papel sino con las de la tinta y piel. La tinta que expresa mi pensar, la piel que memoriza el sufrimiento social.
Pasan los días y como de aquel protagonista kafkiano, me voy aislando debido a que mi evolución no es bien recibida por los de mi alrededor. Paso días en un dormitorio, conjugado por cuatro paredes de recuerdos y un techo al que deseo dar libertad a mi corazón. Sin dolor, pero si con angustia, donde antes sólo había dos omoplatos, ahora sobresale dos grandes motivos de libertad, las alas de tinta y piel.
Continuará cuando el volar sea tan fácil como andar.
Me refugio en la lectura del desastre acontecido, me camuflo entre fotogramas de una película que es premiada por recordar una vida pasada, más gloriosa que el presente irreverente. Con tanto maldecir contemplo la evolución más suprema del ser humano. En su momento, el mayor logro fue hacerse erguido y juntar el pulgar con sus cuatro hermanos; ahora, evolucionamos con el pensar del volar. Mientras escribo, mi espaldar vibra, mi espalda se ensancha y siento el crujir de mis vértebras contra mis costillas. La piel se resquebraja allá donde la espalda nace, en lo alto de los hombros, justo por debajo del dios Atlas. Al no poder contemplar lo sucedido ahí donde mi vista no logra alcanzar, mi proyectista sombra me informa, algo crece donde antes sólo había carne erguida. Por momentos pienso que me fracturo en dos partes; una la sociable y luchadora, que quiere coger un puñado de la tierra que ando, para poder discernir con ella entre mis dedos como aquel gladiador que desafió a un imperio; la otra parte es la introspección de la huída, la asimilación de lo inevitable, que el mundo es cruel por naturaleza, y la única manera de evitar su francisca pesada y manchada de sangre por las víctimas de la revolución social, es obligándote a volar sin alas de papel sino con las de la tinta y piel. La tinta que expresa mi pensar, la piel que memoriza el sufrimiento social.
Pasan los días y como de aquel protagonista kafkiano, me voy aislando debido a que mi evolución no es bien recibida por los de mi alrededor. Paso días en un dormitorio, conjugado por cuatro paredes de recuerdos y un techo al que deseo dar libertad a mi corazón. Sin dolor, pero si con angustia, donde antes sólo había dos omoplatos, ahora sobresale dos grandes motivos de libertad, las alas de tinta y piel.
Continuará cuando el volar sea tan fácil como andar.

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