jueves, 9 de febrero de 2012

Un recuerdo que en el futuro podrás vivir.

Pequeños hombres dan
vueltas a sus cabezas,
las miran fijamente
y se echan a llorar.

Y esto es algo normal,
ocurre cada noche
en el Barrio Latino
y en las ramblas de tu ciudad.

Observa los rostros
apiñados en el vagón,
el tiempo y el espacio 
lo borran todo
excepto tu locura interior.

¿Qué hace ahora tu mejor amigo
en aquella ciudad de una isla
del Atlántico?
No existe.

El pensamiento
es un dolor hereditario.
Y es ridículo sufrir por nada.

Eres capaz de matar
y eso lo sabes
cuando estás acostado
con cuatro horas de insomnio
y no sabes amar
a la gente que dejas atrás,
ni siquiera a la que está a tu lado.

Algo
te enrojece los ojos 
y las sombras de los muebles
te obligan a temblar,
y hace diez años
tenías un amigo
y a un millar de kilómetros
hiciste el amor.

Pero ya sólo quedan
tus pensamientos enredados
y esa extraña presencia
de placer y de horror
que te rueda dentro del cuerpo.

Ya eres el hombre pequeño
que agoniza por nada,
desesperado y triste
de no poder hablar con los ojos,
sabiendo con toda certeza
que todo se diluye
excepto la locura interior,
dura y enorme
como una gran roca en el mar.

Con la memoria olvidada
paseo lentamente
en un puente sobre el Sena.

Converso
con un gato y un farol,
y los hombres sin raíces
siguen cantando
por pesetas, francos, peniques y euros.

La gente es como
dos trenes que pasan
velozmente
uno frente a otro:
los rostros se vaporizan,
las sonrisas sólo duran
décimas de segundo.

Y este extraño individuo
que tengo dentro de mí
es tan sólo
un pasajero más.

La música
es lo único que me importa,
ya sabes, me refiero a los
pozos individuales
en que cada día nos sumergimos
para autocomplacernos,
y de vez en cuando
llevamos a un amigo
a ver qué tal le sienta
nuestro clima.
Sólo se necesita
una máquina que produzca ese sonido
de doce compases
que revienta el corazón
y hace hervir la sangre.
Sientas a tu amigo
y le dices emocionado:
“ya no nos hace falta hablar”.
¡Oh, es fantástico
ese momento
en que tu cabeza es tan inservible
como un teléfono roto!
Entonces no hay
hilos en el aire,
y estás alegre y triste
y tus ojos aprenden a ver
y eres tú
a solas
con tu corazón silencioso.

Tengo un sueño de plumaje negro
que suda humo como un ferrocarril,
lo visito cada noche
y allí dejo mi dolor
como en un burdel de gajos de naranja
donde copulan los gatos del jazz 
en las afueras de la ciudad.

Mi sueño
es un yacimiento de placer
con no sé cuántas
toneladas de orgasmo bruto.
Yo tampoco encuentro satisfacción
ahogado en
kilos de ropa sucia
y botellas cortantes.
Desenredando
las conversaciones
adheridas al aire
y asustado
de reconocer mi propio grito
en cada crimen nocturno
en cada ambulancia
con su terrorífico sonido
a través de la ciudad.

No quiero estar en el hospital,
no quiero estar en un cementerio,
no quiero estar en un hogar,
no quiero estar en la calle.
En la gran matriz del mundo
no hay sitio para mí.

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